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REVISTA ARGENTINA DE CIRUGÍA
CARDIOVASCULAR
Vol. III - N° 2 / Junio - Julio - Agosto 2005

ARTÍCULO
ESPECIAL
DE UNA BIOÉTICA DE PRINCIPIOSA
UNA BIOÉTICA INTERVENTIVA CRÍTICA Y SOCIALMENTE
COMPROMETIDA
Autor
Volnei Garrafa*
Recibido: 29.12.2004
Aceptado: 10.03.2005
Correspondencia: Prof.
Volnei Garrafa
Universidade
de Brasília, Campus Universitário Darcy Ribeiro
Caixa Postal 04451 - Bairro Asa Norte Brasília -
DF
Telefone: (61) 307-2113 - Fax: (61) 307-3946
E-mail: bioetica@unb.br
* Profesor titular y coordinador de la Cátedra
Unesco de Bioética de la Universidad de Brasilia; presidente de
la Sociedad Brasileña de Bioética; presidente del Consejo
Director de la Red Latinoamericana y del Caribe de Bioética de
la Unesco.
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ABREVIATURAS |
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IAB |
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International Association of
Bioethics |
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TCI |
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Términos de Consentimiento
Informado |
INTRODUCCIÓN
Con poco
más de treinta años de vida, la bioética es uno de
los campos de la ética aplicada que más avanzó en
las últimas décadas. En el proceso evolutivo de su construcción,
tres referentes básicos pasaron a sustentar su estatuto epistemológico:
1) Una estructura obligatoriamente multi/ínter/
trans-disciplinaria, que permite análisis amplios y re-enlaces
entre variados núcleos de conocimiento y diferentes ángulos
de las cuestiones observadas, a partir de la interpretación de
la complejidad tanto del conocimiento científico y tecnológico,
como del conocimiento socialmente acumulado y de la propia realidad concreta
que nos cerca y de la que formamos parte.
2) La necesidad de respeto al pluralismo moral constatado
en las democracias secularizadas posmodernas, que guía la búsqueda
de equilibrio y observancia a los referentes sociales específicos
que orientan a las personas, sociedades y naciones en el sentido de la
necesidad de convivencia pacífica, sin imposiciones de patrones
morales de unas a otras.
3) La comprensión de la imposibilidad de existencia
de paradigmas bioéticos universales, que lleva a la necesidad de
(re)estructuración del discurso bioético a partir del uso
de herramientas/categorías dinámicas y fácticas como
la comunicación, el lenguaje, la coherencia, la argumentación
y otras.
El camino evolutivo de la bioética (que considero
laica y que, por consiguiente, no parte de absolutos morales), tanto puede
haber traído contribuciones a la evolución de las sociedades
como haberse valido, para su propio crecimiento, de la evolución
de éstas. A partir del análisis de las situaciones y conflictos
que contemplan diferentes moralidades, la bioética posee herramientas
teóricas y metodológicas adecuadas para efectuar impactos
significativos en las discusiones, ya sea sobre temas persistentes (antiguos,
cotidianos, como la exclusión social, la discriminación
o el aborto), o emergentes (nuevos, de fronteras, como la genómica,
los trasplantes o las tecnologías reproductivas), en los campos
sociales locales, nacionales o internacionales.
Es innegable la importancia del impacto que la bioética
tiene, el cual probablemente aumentará en los próximos años
con relación a la evolución de las sociedades contemporáneas.
A partir de una base de sustentación económica justa y de
respeto al contexto sociocultural, y del nivel de información,
participación y democratización que las sociedades alcancen,
los países desarrollados tienen más posibilidades de encontrar
el equilibrio -político, jurídico y moral- necesario e indispensable
para la construcción de un futuro mejor para la vida de sus ciudadanos.
Sin embargo, no se puede dejar de mirar la cuestión bajo la óptica
inversa, planteando la siguiente inquietud: ¿la evolución
de las sociedades no sería la razón que motivó (o,
prácticamente, reclamó...) el surgimiento de la bioética?
Si la respuesta fuese afirmativa, entonces la hipótesis más
viable es que, con su desarrollo y consolidación, la bioética
comenzó a influenciar directamente en la dinámica y la evolución
de las propias sociedades.
En este sentido, con su proceso particular de evolución,
la bioética empezó a ser vista como un área de conocimiento
más allá de la ciencia de la sobrevivencia proclamada
por Potter (1-2), transformándose
en un instrumento concreto más para contribuir en el complejo proceso
de discusión, perfeccionamiento y consolidación de las democracias,
de la ciudadanía, de los derechos humanos y de la justicia social.
Uno de los objetivos del presente estudio, por lo tanto, es analizar el
papel de la bioética en la evolución de las representaciones/organizaciones
políticas del mundo actual. El marco referencial de análisis
que elegí, no obstante, será la creciente desigualdad verificada
-principalmente después de la consolidación del llamado
fenómeno de globalización- entre los países
del norte y el sur del planeta. Por lo tanto, como los problemas (bio)éticos
verificados en una y otra región son completamente diferentes y
con soluciones también diversas, surge la necesidad de que sean
analizadas críticamente las verdaderas posibilidades de una bioética
meramente descriptiva, analítica y neutral, y tener fuerzas para
interferir concreta y favorablemente en ese contexto.
En esta línea de ideas, el presente texto, por
lo tanto, no es exclusivamente prospectivo. Presenta una breve reseña
sobre la evolución de la bioética y su relación con
los agudos problemas sociales constatados en la mayoría de los
países del Hemisferio Sur. En éstos, para que la bioética
tenga participación concreta en la evolución de las sociedades,
tendrá que transformar sus rumbos, cambiar algunos de sus paradigmas.
Para eso, es indispensable que se trabaje en la construcción de
una bioética concretamente comprometida con lo social, más
crítica, politizada y participativa, con el objetivo claro de disminuir
las disparidades constatadas.
De la bioética de principios (neutral) a la bioética
crítica (socialmente comprometida)
Una
crítica surgida en los últimos años desde los países
periféricos de la mitad sur del planeta (la mayoría de ellos
erróneamente denominados países en desarrollo)
es que la llamada teoría bioética principialista sería
insuficiente y/o impotente para analizar los macroproblemas éticos
persistentes (o cotidianos) que presentan. El proceso de globalización
económica mundial, lejos de reducir, profundizó aún
más las desigualdades verificadas entre las naciones (ricas) del
Norte y las (pobres) del Sur, exigiendo, por lo tanto, nuevas lecturas
y propuestas (3).
La comprensión de lo que sería denominado
bioética en este inicio de siglo XXI varía de un contexto
a otro, de una nación a otra e, incluso, entre diferentes estudiosos
del tema en un mismo país. Durante el amanecer de la bioética,
a comienzos de los años setenta, esta disciplina fue concebida
como una nueva manera de conocer y encarar el mundo y la vida la partir
de la ética. En este sentido, incorporaba conceptos más
amplios en su interpretación de calidad de vida humana,
incluyendo, además de las cuestiones biomédicas propiamente
dichas, temas como el respeto al medio ambiente y al propio ecosistema
como un todo (1-2).
Adoptada por el Instituto Kennedy, la bioética
sufrió ya en 1971 una reducción de su concepción
potteriana original al ámbito biomédico (4),
y fue con esta apariencia que acabó finalmente difundida por el
mundo desde los Estados Unidos de América del Norte: una bioética
anglosajona, con fuerte connotación individualista y cuya base
de sustentación reposaba en la autonomía de los sujetos
sociales, categoría que, a su vez, tenía como una de sus
consecuencias operacionales/prácticas la exigencia o necesidad
de aplicación de los llamados Términos de Consentimiento
Informado (TCI). Ésta, básicamente, fue la concepción
que acabó divulgando la bioética internacionalmente a partir
de los años setenta y durante los años ochenta, tornándola
conocida y consolidada en todo mundo en los años noventa.
A pesar de que los demás principios inicialmente
divulgados también tuvieron espacio en la nueva concepción
-incluyendo las nociones deontológicas de beneficencia y
de no maleficencia-, la verdad es que, una vez más, el campo
de la justicia y, por lo tanto del colectivo, tuvo importancia secundaria.
El sobredimensionamento de la autonomía en la bioética estadounidense
de los años setenta y ochenta hizo emerger una visión singular
e individualizada de los conflictos, junto con una verdadera industria
de consentimientos informados ya incorporada de forma horizontalizada
y acrítica a las investigaciones con seres humanos y a los tratamientos
médico-hospitalarios, como si todas las personas -independientemente
del nivel socioeconómico y la escolaridad- fuesen autónomas.
Así, el abordaje de gran parte de las cuestiones
del ámbito de la bioética fue reducido a la esfera individual,
tratando preferencialmente las contradicciones autonomía versus
autonomía y autonomía versus beneficencia. A partir de abusos
históricos (como el caso Tuskegee), el de las denuncias presentadas
por Henry Beecher (5), la bioética
fue creada, por lo menos inicialmente, para defender a los individuos
más frágiles en el marco de las relaciones entre profesionales
de la salud y pacientes, o entre empresas/institutos de investigación
y ciudadanos. Sin embargo, en pocos años la nueva teoría
mostró ser un arma de doble filo, pues las universidades, corporaciones
e industrias también comenzaron a preparar a sus profesionales
en la construcción de TCI adecuados a cada situación. Esto,
de cierta forma, obstaculizó en la práctica los objetivos
iniciales e históricos de proteger a los más vulnerables,
por lo menos en los países con grandes índices de excluidos
desde el punto de vista social y económico.
A principios de los años noventa, sin embargo,
voces discordantes en relación a la universalidad de los principios
de Georgetown comenzaron a surgir desde Estados Unidos (6-7),
Europa (8) y América Latina
(3,9-11). Es necesario resaltar,
aun, que a pesar de la resistencia contraria a lo que puede llamarse de
tentativa de universalización de aspectos meramente regionales,
existen autores que viven fuera del eje estadounidense y que continúan
defendiendo fuertemente la línea principialista.
Durante el Cuarto Congreso Mundial de Bioética
realizado en Tokio, Japón, en 1998, la bioética (re)comienza
a transitar otros caminos, en relación al tema oficial del evento
que fue Bioética global. A partir de una fuerte influencia
de Alastair Campbell, por entonces presidente de la International Association
of Bioethics (IAB), parte de los seguidores de la bioética
retomaron las sendas originales delineadas por Van Ressenlaer Potter (12),
quien con sus escritos de 1988 volvió a ser el referente de las
ideas (13). Hacia fines del siglo
XX, por consiguiente, la disciplina pasa a expandir su campo de estudio
y acción, incluyendo en los análisis sobre la cuestión
de la calidad de la vida humana asuntos que hasta entonces trataba tangencialmente,
como la preservación de la biodiversidad, la finitud de los recursos
naturales planetarios, el equilibrio del ecosistema, los alimentos transgénicos,
el racismo y otras formas de discriminación, la cuestión
de las prioridades en el destino de los recursos escasos, etcétera.
Hasta 1998, por lo tanto, la bioética marcó
caminos que apuntaban mayoritariamente a temas y/o problemas/conflictos
más biomédicos que globales, más individuales que
colectivos. La maximización y sobreexposición del principio
de la autonomía tornó al principio de la justicia un mero
cooperante de la teoría principialista, una especie de apéndice,
si bien indispensable, de menor importancia. Lo individual sofocó
a lo colectivo; el yo empujó al nosotros
hacia una posición secundaria. La teoría principialista
se mostraba incapaz de desvendar, entender e intervenir en las estrepitosas
disparidades socioeconómicas y sanitarias colectivas y persistentes
verificadas en la mayoría de los países pobres del Hemisferio
Sur.
El contexto brasileño y latinoamericano
La
bioética brasileña específicamente, que llamo tardía
por haber surgido de modo orgánico apenas en los años noventa,
recuperó el tiempo perdido con un vigor inusitado. Alcanzó
su madurez con la realización del Sexto Congreso Mundial de Bioética
promovido por el IAB y que contó con el apoyo decisivo de la Sociedad
Brasileña de Bioética, realizado en Brasilia en noviembre
de 2002. Si hasta 1998 la bioética brasileña era una copia
colonizada de los conceptos adoptados de los países anglosajones
del Hemisferio Norte, a partir del surgimiento y consolidación
de varios grupos de estudio, investigación y posgraduación
en el país, la historia comenzó a cambiar.
La teoría de los cuatro principios -de cierto
modo ya revisada en su núcleo duro y pretendidamente
universalista por sus propios proponentes en la 5a edición del
libro Principles of Biomedical Ethics (14)-,
a pesar de su reconocida practicidad y utilidad para el análisis
de situaciones clínicas y en investigación, es sabidamente
insuficiente para: a) el análisis contextualizado de conflictos
que exijan flexibilidad para una determinada adecuación cultural;
b) el abordaje de macroproblemas bioéticos persistentes o cotidianos
enfrentados por gran parte de la población de países con
altos índices de exclusión social como Brasil y sus vecinos
de América Latina y el Caribe.
A pesar de algunas críticas puntuales provenientes
de sectores cómodos con la practicidad del check list principialista,
su adecuación al estudio de los conflictos y situaciones de los
países pobres de la parte sur del mundo es indispensable y urgente.
No obstante, bioeticistas latinoamericanos, críticos en sus reflexiones,
estudios e investigaciones, comienzan a incorporar categorías como
responsabilidad, cuidado, solidaridad,
voluntarismo y tolerancia entre otras, además
de lo que llamo las 4 P (prudencia con el desconocido,
prevención de posibles daños e iatrogenias, precaución
frente al uso de las nuevas tecnologías y protección
de los excluidos sociales, más frágiles y vulnerables),
para el ejercicio de una práctica bioética comprometida
con los más desprotegidos, con la cosa pública
y con el equilibrio ambiental y planetario del siglo XXI.
El recorrido futuro de la bioética brasileña,
e incluso de algunos países y/o sectores de América Latina
y el Caribe, se dirige hacia el rechazo de la importación acrítica
y descontextualizada de paquetes éticos foráneos.
La bioética principialista aplicada stricto sensu a la realidad
es incapaz y/o insuficiente para impactar en forma positiva en las sociedades
excluidas de los países pobres y, consecuentemente, en sus organizaciones
políticas. Además, es necesario destacar que ya está
plantada la semilla de la construcción cierta de nuevas bases de
sustentación teórico-prácticas de una bioética
comprometida con la realidad existente en el país y en la región
(15), con la que nos enfrentamos
todos los días y que, según Berlinguer, no debería
estar sucediendo a esta altura del desarrollo histórico de la humanidad
(16).
Consideraciones finales
Con
el Sexto Congreso Mundial de Bioética realizado en Brasilia, en
2003, y a pesar de fuertes intereses contrarios, la voz regional de aquellos
que no concordaban con el desequilibrio verificado en la balanza se vio
fortalecida a partir de la definición de la temática del
evento, que fue Bioética, poder e injusticia. Los debates
desarrollados pusieron a la vista la necesidad de que la bioética
incorpore a su campo de reflexión y acción aplicada temas
socio-políticos de actualidad, principalmente las graves diferencias
sociales y económicas existentes entre ricos y pobres, entre las
naciones del norte y del sur.
Es conveniente recordar que, ante las transformaciones
y el nuevo ritmo experimentado en el campo científico y tecnológico
en el contexto internacional, la relación de los aspectos éticos
con los temas anteriormente mencionados dejó de ser considerada
como de índole supraestructural para, por el contrario, pasar a
exigir participación directa en las discusiones, tanto en salud
pública como en la construcción de propuestas de trabajo
con vistas al bienestar futuro de las personas y comunidades. En el caso
de los países latinoamericanos específicamente, es imprescindible
que esa discusión (ética) se incorpore al propio funcionamiento
de los Sistemas Públicos de Salud respecto de: la responsabilidad
social del Estado, la definición de prioridades con relación
al destino y distribución de recursos, el gerenciamiento del sistema,
el involucramiento organizado y responsable de la población en
todo el proceso, la preparación más adecuada de los recursos
humanos, la revisión y actualización de vetustos códigos
de ética de las diferentes categorías profesionales involucradas,
las indispensables y profundas transformaciones curriculares en las universidades...
En fin, contribuyendo directamente para la mejoría del funcionamiento
del sector como un todo.
La cuestión ética en el inicio de siglo
XXI adquiere, por lo tanto, identidad pública. En la actualidad,
no puede ser considerada apenas como una cuestión de conciencia
a ser resuelta en la esfera de la autonomía, privada o particular,
de foro individual y exclusivamente íntimo. Hoy crece en importancia
no sólo respecto al análisis de las responsabilidades sanitarias
y a la interpretación histórico-social más precisa
de los cuadros epidemiológicos, sino también en la determinación
de las formas de intervención a ser programadas, en la formación
de personal y en la responsabilidad del Estado frente a los ciudadanos,
principalmente aquéllos más frágiles y necesitados.
BIBLIOGRAFÍA
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