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REVISTA ARGENTINA DE CIRUGÍA CARDIOVASCULAR
Vol. II - N° 3/ Setiembre - Octubre - Noviembre 2004

EDITORIAL
¿ETIOLOGÍA DE LA ARTERIOSCLEROSIS O ATEROSCLEROSIS?
Autor
Alfredo Buzzi*
Recibido: 09.08.2004
Aceptado: 19.08.2004
Correspondencia: Dr. Alfredo Buzzi
Buenos
Aires - Argentina
E-Mail:
drabuzzi@fibertel.com.ar
* Profesor emérito de medicina interna de la Universidad de Buenos
Aires.
El término “arteriosclerosis”
fue acuñado en 1833 por el médico francés Jean F. M. Lobstein (1777-1835),
profesor de la Facultad de Medicina de Estrasburgo, se generalizó después
para significar endurecimiento de las paredes arteriales. En su libro
Traité d´anatomie pathologique, publicado en París encontramos
la denominación de “arteriosclerose” (“nom composé d´artère et de sclerose”)
Lobstein también presentó en esa obra un análisis químico de las placas
arteriales calcificadas.
El médico inglés Thomas Hodgkin (1798-1866), más conocido
por su trabajo en la patología del sistema linfático, también describió
este tipo de lesiones arteriales y fue el primero en intentar clasificarlas.
Reconoció tres tipos: las cartilaginosas, las pulposas y las purulentas.
En 1839, el patólogo vienés Carl Rokitansky (1804-1878)
se refirió a esta condición como “un depósito excesivo en la membrana
interna de los vasos”, e interpretó que su causa principal eran las
anormalidades de la sangre. A su vez, el eminente patólogo alemán Rudolf
Virchow (1821-1902) completó esta última teoría, postulando un
mecanismo de imbibición de la pared aórtica por un material originado
en la sangre y depositado en la capa íntima arterial. Las alteraciones
que seguían a esta imbibición no eran puramente degenerativas, ya que
Virchow notó una proliferación de tejido conectivo junto a un aumento
de la sustancia fundamental. La participación de los factores mecánicos
a través de la acción de la presión arterial en el mecanismo de imbibición
fue sugerida más tarde por los discípulos de Virchow.
La utilización del término “arteriosclerosis” continuó
durante todo el siglo XIX hasta que en 1904 el médico alemán Felix Jacob
Marchand presentó una comunicación en el Congreso de Medicina Interna
de Leipzig en la que recomendaba adoptar el término “aterosclerosis”.
Las lesiones arteriales ateroscleróticas han acompañado al
hombre desde sus orígenes y su presencia se ha demostrado en los restos
de los antiguos egipcios. Si bien la mayoría de las arterias torácicas
y abdominales eran destruidas o descartadas durante el proceso de evisceración
que precedía a la momificación, se han podido estudiar los restos vasculares
remanentes, así como las arterias de las extremidades. El médico inglés
Marc A. Ruffer estudió macro y microscópicamente las lesiones arteriales
de las momias egipcias, encontrando lesiones de aterosclerosis en varios
estadios de su desarrollo.
Para encontrar descripciones originales de aterosclerosis
debemos remitirnos a los siglos XV y XVI, en los que los médicos italianos
Antonio Benivieni (1440-1502) y Gabriele Falloppio (1523-1562)
denominaron a estas lesiones como “osificadas”, debido al grado
de calcificación existente. En el siglo XVII, el médico italiano Lorenzo
Bellini (1642-1704) y el clínico francés Téophile Bonet (1620-1689),
ante alteraciones patológicas similares, se refirieron a ellas como
“petrificadas”.
Una interpretación patogénica sobre el origen de las lesiones
ateroscleróticas fue ofrecida por el célebre clínico holandés Hermann
Boerhaave (1668-1738), quien opinó que se debían a la obliteración
de los vasa vasorum, que hacía que el sector de la pared arterial
que dependía de su irrigación se endureciera con el correr del tiempo
hasta formar un nódulo.
El análisis más completo y exhaustivo de la aterosclerosis
apareció en la magna obra De sedibus et causis morborum per anatomen
indagatis libri quinque, del notable médico italiano Giovanni B. Morgagni
(1682-1771), publicada en 1761. En esa obra llamó la atención sobre
varias interrelaciones importantes, como que la senilidad no era una causa
invariable, ya que observó el caso de una mujer de 90 años con cambios
escleróticos mínimos; cómo las placas ateromatosas podían asociarse con
un aneurisma disecante de la aorta, y que existía una asociación entre
el dolor torácico relatado en vida del paciente y la osificación de las
arterias coronarias.
Se han postulado numerosas teorías sobre la etiopatogenia
de la aterosclerosis, siendo las más importantes la teoría trombogénica,
la teoría inflamatoria y la teoría lipídica.
La teoría trombogénica es la más antigua de las propuestas
antes de la era de investigación. También se la conoce como teoría de
la incrustación, tomando su nombre de las observaciones de Lorenzo Bellini,
y fue ampliamente desarrollada por Rokitansky en 1841. Al estudiar los
depósitos en la capa interna de la pared arterial, postuló que derivaban
sobre todo de la fibrina y otros elementos sanguíneos, más que del resultado
de un proceso purulento. Si bien la teoría de Rokitansky fue cuestionada
por numerosos autores, el concepto de “trombogenia” no fue completamente
descartado. Fue reactivado por el patólogo norteamericano Mallory, quien
en 1923 resaltó el aspecto fibrinoso del material de las placas, teorizando
que derivaba de las proteínas sanguíneas. El patólogo inglés J. B. Duguid
publicó en 1949 su trabajo titulado Patogenia de la aterosclerosis
en el que sostenía el papel de la trombosis en el desarrollo de la
aterosclerosis coronaria. Aunque esta teoría tiene todavía cierta vigencia,
no alcanza a explicar todas las características de la aterosclerosis,
ni tampoco el depósito inicial de trombos.
La teoría inflamatoria fue expresada por Virchow, quien se
basó en sus cuidadosos estudios microscópicos de las complejas manifestaciones
histológicas de las lesiones ateroscleróticas en todos sus estadios. Reconoció
que las lesiones estaban situadas por dentro de la capa íntima y que los
depósitos primarios aparecían por la imbibición de algunos elementos sanguíneos
a través del endotelio. Describió el siguiente estadio como un reblandecimiento
del tejido conectivo en el sitio de los depósitos, seguido por una proliferación
activa del mismo tejido dentro de la íntima. Para explicar la naturaleza
de este proceso, Virchow utilizó el término “endarteritis deformans”,
significando que el ateroma era el producto de un proceso inflamatorio
dentro de la íntima y que el engrosamiento fibroso era una reacción inducida
por la proliferación del tejido conectivo dentro de la íntima. Sostenía
que el estímulo irritativo era iniciado por factores mecánicos.
Para profundizar en la etiología de la aterosclerosis fue
necesario desarrollar un modelo animal en el que pudieron estudiarse diversos
agentes causales. Ésta fue la obra de los investigadores rusos A. Ignatowski,
N. Stuckey y N. Anitschkow, que dio origen la teoría lipídica de esta
condición. Ignatowski tuvo la buena y afortunada idea de elegir el conejo
como animal de experimentación. En 1907 demostró que una dieta de yema
de huevo y leche producía lesiones ateroscleróticas en la aorta de estos
animales. En 1910, Stuckey afirmó que la yema de huevo era la principal
responsable de las alteraciones aórticas. La figura más relevante del
grupo de investigadores rusos fue Nikolaus Anitschkow. Insistió en el
papel preponderante del colesterol en la producción de aterosclerosis
experimental en el conejo, el que desde entonces ha ocupado un lugar central
en la investigación animal y farmacológica de la aterosclerosis.
En 1924, W. D. Zinserling demostró la presencia de estrías
grasas en las arterias de niños de corta edad, considerándolas precursoras
de la aterosclerosis en el adulto. Mencionó que los tres factores causales
más importantes en la patogenia de esta afección eran la colesterolemia,
los factores mecánicos y el estado de la pared arterial.
Un descubrimiento importante vinculado con el metabolismo
lipídico fue realizado por John Gofman en 1955, quien demostró, mediante
la ultracentrifugación analítica, la diversidad considerable de los componentes
que existían en las beta lipoproteínas. Probó que el mecanismo de transporte
del colesterol en el suero se hacía mediante lipoproteínas de baja densidad.
Sus hallazgos abrieron el camino para la clasificación de las lipoproteinemias
en pacientes con tipos dominantes y recesivos, así como para el descubrimiento
de los receptores anormales para las lipoproteínas de baja densidad.
Los últimos estudios sobre la etiopatogenia de la aterosclerosis
se basan en la genética molecular y en los aspectos vinculados con la
síntesis y transporte del colesterol por la sangre, y también con la homeostasis
intracelular del colesterol y el análisis del origen y la progresión de
las lesiones vasculares relacionadas con la proliferación de células del
músculo liso.
En décadas recientes, la teoría inflamatoria de Virchow ha
sido tomada en cuenta nuevamente, esgrimiendo el concepto de la disfunción
de la célula endotelial. En los últimos años, se ha sostenido la posible
participación de agentes infecciosos en la producción de la actividad
inflamatoria, tanto en el desarrollo de la placa de ateroma como en su
inestabilidad. En este sentido, el trabajo de María de Lourdes Higuchi
y sus colaboradores apunta hacia la participación de dos agentes infecciosos,
Mycoplasma pneumoniae y Chlamydia pneumoniae en la patogenia
de la aterosclerosis. El Mycoplasma parecería desempeñar un papel
en la inmunodepresión del sistema inmunológico del huésped y así favorecer
la proliferación de Chlamydia. Si estos hallazgos llegaran a confirmarse,
se abriría un nuevo campo de investigación de las causas y mecanismos
de producción de las lesiones ateroscleróticas y de sus vicisitudes evolutivas,
así como promisorias posibilidades en su tratamiento.
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